viernes 6 de noviembre de 2009
Dolor. Lo siento desde ayer, en distintas partes del cuerpo. Acostado en mi cama puedo ver cómo las cortinas se mueven por el fuerte viento que sopla y se cuela entre las rendijas de una ventana colocada sin esmero. Hay escarcha en la parte interna del vidrio y en la esquina sur de la habitación, lugar que sólo toca el sol durante los días más cálidos del verano. Hace dos días nada indicaba que caería enfermo, con prescripción médica de guardar reposo total. Pero esa caminata por los jardines boscosos, con la escarcha tronando bajo el peso de nuestras pisadas...
viernes 30 de octubre de 2009
Media semana
Despierto con el cuerpo adolorido, y eso hace que tarde más de lo habitual en incorporarme. Los efectos del medicamento todavía son muy fuertes, lo que me deja la sensación de estar en un mundo iluminado exclusivamente por luces artificiales. El color de todo está subido de tono, contrastado, como en las viejas series de televisión americanas de los años sesenta.
Me levanto, trastabillando, para buscar una cajetilla de cigarros encima de cualquier parte, pero no alcanzo a enfocar correctamente sin los lentes. Me los pongo. Veo la cajetilla. Tomo uno de los dos cigarros que quedan, y lo enciendo. Mientras exhalo esa primera bocanada del día -la que más disfruto, sin duda, junto con la última-, camino hacia el baño y me detengo frente al espejo. Alcanzo a ver mi torso, hasta el borde inferior del esternón. Giro el tronco para ver el costado de mi brazo izquierdo y apreciar la cicatriz que me quedó luego del accidente de tiro, en el que por poco pierdo el brazo. Luego, veo el costado de mi brazo derecho, y noto las cicatrices viejas de tus primeros rasguños.
Giro aún más la espalda y alcanzo a apreciar las huellas frescas de tu presencia (sigues en la cama, todavía dormida).
Así que tengo un nuevo juego de tatuajes, pienso.
Mirándome fijamente a los ojos, inhalo, nuevamente, humo de tabaco.
Yme preparo para volver contigo.
Me levanto, trastabillando, para buscar una cajetilla de cigarros encima de cualquier parte, pero no alcanzo a enfocar correctamente sin los lentes. Me los pongo. Veo la cajetilla. Tomo uno de los dos cigarros que quedan, y lo enciendo. Mientras exhalo esa primera bocanada del día -la que más disfruto, sin duda, junto con la última-, camino hacia el baño y me detengo frente al espejo. Alcanzo a ver mi torso, hasta el borde inferior del esternón. Giro el tronco para ver el costado de mi brazo izquierdo y apreciar la cicatriz que me quedó luego del accidente de tiro, en el que por poco pierdo el brazo. Luego, veo el costado de mi brazo derecho, y noto las cicatrices viejas de tus primeros rasguños.
Giro aún más la espalda y alcanzo a apreciar las huellas frescas de tu presencia (sigues en la cama, todavía dormida).
Así que tengo un nuevo juego de tatuajes, pienso.
Mirándome fijamente a los ojos, inhalo, nuevamente, humo de tabaco.
Yme preparo para volver contigo.
miércoles 9 de septiembre de 2009
Detalle
La piel en su bajo vientre, tensa como la membrana de un tambor, apenas ve roto su tono moreno oliváceo por una peca diminuta a medio camino entre el filo superior del iliaco derecho y la pretina.
La peca captura mi mirada. No la deja ir.martes 18 de agosto de 2009
Analgésico
No toma mucho tiempo deshacerse de un dolor de cabeza.
Se corta la fuente del dolor y listo.
Aunque muchas veces eso implique cortar la cabeza completa.
Se corta la fuente del dolor y listo.
Aunque muchas veces eso implique cortar la cabeza completa.
viernes 31 de julio de 2009
Mojito
Camino por un malecón, en plena canícula. Es media tarde y el reflejo del sol dibuja destellos en el cabello negro de una mesera que atiende la barra de un bar. Inmediatamente decido entrar. Pido, no sin antes dibujar un gesto de extrañeza en el limpio rostro de la bartender, un vaso de agua con muchos hielos. Lo piensa un momento, y responde: te haré algo que seguro te va a gustar más. Me lanzó una sonrisa torcida, de complicidad, y puso manos a la obra.
Ante mis ojos exprimió, en un vaso, el jugo de un limón, y puso una cucharadita de azúcar y las hojas de dos varitas de hierbabuena dentro, como macerándolas. Con un instrumento parecido a un bat, pero pequeño —el pilón, inseparable escudero del mortero—, la mujer —de piel apiñonada y ojos color miel con destellos de verdor— machacó suavemente las hojas hasta que colorearon sutilmente la mezcla; cuado terminó, dejó reposar tres minutos y añadió un líquido transparente, presumiblemente ron, y para terminar llenó el vaso con agua mineral, y me lo acercó. Toma: un mojito, me dijo. Así los preparo yo. Es mejor que agua con hielo, o que esas bebidas adornadas con sombrillitas, que se ven tan poco masculinas.
Ante mis ojos exprimió, en un vaso, el jugo de un limón, y puso una cucharadita de azúcar y las hojas de dos varitas de hierbabuena dentro, como macerándolas. Con un instrumento parecido a un bat, pero pequeño —el pilón, inseparable escudero del mortero—, la mujer —de piel apiñonada y ojos color miel con destellos de verdor— machacó suavemente las hojas hasta que colorearon sutilmente la mezcla; cuado terminó, dejó reposar tres minutos y añadió un líquido transparente, presumiblemente ron, y para terminar llenó el vaso con agua mineral, y me lo acercó. Toma: un mojito, me dijo. Así los preparo yo. Es mejor que agua con hielo, o que esas bebidas adornadas con sombrillitas, que se ven tan poco masculinas.
Untitled
Ansiedad. Como millones de moléculas de aire expandiéndose en el pecho. Agujas que desde dentro de la piel intentan romperla. Para matarla sostengo un cigarro en la boca, pero sin encenderlo. Me gusta succionar el aroma, el sabor, del tabaco, no del humo. Antes inhalaba, pero me disgustaba que la saliva y los mocos se me pusieran tan negros. Me dolía, además, el tabique y los pómulos e inhalaba tanto tabaco que mis lágrimas, todas, se volvieron negras.
viernes 17 de julio de 2009
Tarde de viaje
Estoy en la sala de espera de cualquier aeropuerto. Son tantos los vuelos que he tomado en tan poco tiempo, que no sólo no sé en dónde me encuentro, sino que ya no importa. Me duelen las manos, de tanto teclear; las piernas ya no responden, por la tensión. Siento cada falange de mi cuerpo; millones de agujas rompen la piel, desde dentro. Todo se ha vuelto tableros, señales, y voces que salen de pequeñas bocinas. La luz fluorescente y blanca me hace pensar en los gallineros ultramodernos donde las esclavizadas gallinas son perturbadas en sus ciclos vitales hasta convertirse en máquinas productoras de huevo, o de carne que alimente millones de apetitos voraces.
La voz en la bocina me llama por mi nombre y me invita a observar el tablero electrónico.
Yo, como sumergido en el sopor de un jetlag interminable, trato de descifrar el mundo, y encuentro sólo la visión borrosa, en tubo, de una realidad que cada vez se aleja más, irremediablemente, de mi compresión.
La voz en la bocina me llama por mi nombre y me invita a observar el tablero electrónico.
Yo, como sumergido en el sopor de un jetlag interminable, trato de descifrar el mundo, y encuentro sólo la visión borrosa, en tubo, de una realidad que cada vez se aleja más, irremediablemente, de mi compresión.
viernes 10 de julio de 2009
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